Compartí esta nota
Valentín Yankelevich se animó a contar su historia en una reciente entrevista y sorprendió al revelar la dura infancia que atravesó al sufrir violencia por parte de su padre Darío Giordano.
Después de haber brindado escalofriantes datos sobre los episodios que vivió, el productor decidió salir a defenderse públicamente mediante un comunicado negando haber sido violento y asegurando que hizo todo lo que estaba a su alcance tras la muerte de su esposa para ser un buen padre.
Frente a esto, se especuló sobre la posible reacción que podría haber tenido con las palabras de su progenitor y fue Gustavo Yankelevich quien dio a conocer cómo se encontraba su nieto: “Cuando salió el comunicado automáticamente me llamó Valentín y me dijo: ‘¿Vos leíste esto?’”
Estas palabras se dieron mediante una llamada telefónica con Eduardo Feinmann en Alguien tiene que decirlo (Radio Mitre), donde se mostró sorprendido: “Tenía la posibilidad de después de tantos años pedir perdón, decir ‘me equivoqué’, ¿pero escribe esto?”
Incluso, hasta sugirió que le hubiese parecido una buena estrategia para él haberse disculpado: “Pedir disculpas lo hubiera dejado mejor parado que insistir que es inocente y que no tiene nada que ver”.
El comunicado de Darío Giordano
"Soy una persona simple. Me crië en un barrio, rodeado de amigos y, sobre todo, de mucho amor. Nos enamoramos profundamente con Romina y decidimos formar una familia. De ese amor nacieron nuestros tres hijos, que fueron y siguen siendo lo más importante de mi vida. Fuimos padres muy jóvenes, aprendimos mientras construíamos nuestra propia historia y compartimos sueños, alegrías y dificultades, como cualquier familia.
La muerte inesperada y repentina de Romina destruyó el mundo que conocía. Nunca imaginė vivir una vida sin ella. De un dia para otro perdi a mi compañera, a la mujer que amaba y a la persona con la que había imaginado pasar el resto de mi vida.
Pero no tuve tiempo de detenerme. Habia tres chicos que también habían perdido a su mamá y que necesitaban a su papá. Desde entonces, todo cambió.
Muchas personas quisieron ayudarme. Todos tenían una opinión sobre lo que debía hacer, cómo debía seguir y cómo tenía que criar a mis hijos. Agradezco la ayuda de quienes estuvieron cerca en ese momento, pero viudo a los 36 años y en medio de ese dolor había algo que tenía absolutamente claro: queria estar con mis hijos y seguir siendo su papá.
Sin embargo, a la pérdida de Romina se sumaron conflictos y situaciones que jamás hubiera imaginado atravesar. En el momento de mayor vulnerabilidad de mi vida, cuando intentaba reconstruir una familia atravesada por una ausencia irreparable, también me encontré teniendo que defender mi lugar como padre.
Y no siempre fue en igualdad de condiciones. Hay personas poderosas que tienen la posibilidad de instalar su versión de una historia. Otras, como yo, apenas tenemos nuestra palabra. Pero la exposición pública, los contactos y el poder no convierten una versión en verdad, ni le otorgan a nadie más derecho que a un padre a ser escuchado.
Tuve que aprender a vivir con la ausencia de Romina y, al mismo tiempo, acompañar a tres chicos que también habian perdido a su mamá. No fue fácil. Seguramente cometi errores. Nunca pretendi ser un padre perfecto. Hice lo que pude, con las herramientas que tenía y en circunstancias que jamás hubiera imaginado atravesar. Pero una cosa es reconocer mis errores como padre y otra muy distinta es aceptar que se construya sobre mi una imagen que no reconozco. Hoy me encuentro frente a acusaciones públicas de una gravedad enorme que me producen un profundo dolor.
Quiero dejar algo en claro: rechazo las acusaciones de violencia que se me atribuyen. Ni antes ni después del fallecimiento de Romina hubo episodios de esas características en nuestra familia. Estas cuestiones fueron objeto de una causa judicial y considero importante que se conozca lo que efectivamente resolvió la Justicia, se trata de una causa en la cual fui sobreseido en el año 2018. Como siempre sostuve, esos hechos que se denuncian nunca ocurrieron y por lo tanto nunca fueron comprobados.
Además de Franco y Valentin, tengo dos hijos más, Azul y Dante. Estoy seguro que ellos no reconocen vivir ni haber vivido ninguna situación como las que escuchamos estos días en los medios. Siempre me resultó extraño que alguien ayudara a salir de un hogar supuestamente violento a dos menores y dejara alli a una pequeña de apenas siete años. Hoy una hermosa mujer de 20, que estudia en el exterior, y cada vez que retorna al pais vuelve a nuestra casa.
Pero hay algo que para mi es todavía más importante. No voy a discutir públicamente con mi hijo Valentin. No voy a responder a través de los medios de comunicación. No voy a cuestionar sus sentimientos ni a exponer episodios de nuestra intimidad familiar para intentar demostrar que tengo razón. Lo amo y siempre lo amaré con toda mi alma, como lo amamos con Romina desde el momento en que decidimos traerlo a este mundo. Aunque es posible que, en ese momento de duelo y dolor, yo no haya estado a la altura de lo que él y Franco necesitaban. Les pido perdón por eso y puedo entender su angustia.
No escribo esto para enfrentarme con nadie ni para volver a abrir heridas del pasado. Pero tampoco puedo seguir aceptando que mi silencio se interprete como una confirmación de todo lo que otros dijeron sobre mi.
Durante todos estos años elegi mantener mi vida familiar en la intimidad. Nunca quise convertir nuestro dolor en un espectáculo público, porque siempre entendi que mis hijos necesitaban preservar sus recuerdos, sus sentimientos y su historia. Aún cuando en el dolor tuve que entender que la historia no era como yo la había vivido. Entre otras cosas, nunca pudimos entender con claridad que paso aquel 28 de septiembre de 2010.
Mis hijos tienen derecho a sus sentimientos, a sus recuerdos y a construir su propia mirada sobre nuestra historia. Yo también tengo mi historia, mis recuerdos y mis dolores, que por respeto decidi guardármelos, por eso no creo que debamos discutirlos frente a las cámaras
Lo que si me resulta profundamente injusto es que una historia familiar tan dolorosa termine convertida en una disputa pública en la que parece tener más razón quien tiene más poder para hacerse escuchar.
Durante años vi cómo se hablaba de mi familia, de mis decisiones y de mi rol como padre. Muchas veces senti que se juzgaba mi vida desde afuera, sin conocer lo que verdaderamente significaba atravesar esa pérdida y tratar de seguir adelante.
Nunca quise utilizar ni lucrar con el dolor de mi familla. Nunca busqué cámaras ni titulares para defenderme. Y sigo creyendo que el amor por mis hijos debería estar por encima de cualquier diferencia personal, de cualquier disputa de poder y de cualquier necesidad de tener la última palabra. En ese camino he resignado muchas veces cuestiones de indole personal e incluso material.
Proteger a una familia no debería significar enfrentar a quienes la integran, y mucho menos convertir el dolor de mis hijos en una discusión pública entre adultos, aun cuando entiendo que alguno de ellos no puedan procesar el dolor que la partida de Ro significó para todos nosotros.
Sé que esta decisión puede tener un costo enorme para mi. Sé que habrá quienes me condenen sin escuchar mi versión. Pero ser padre también significa estar dispuesto a soportar ese costo antes que iniciar una batalla mediática que solo puede provocar más dolor.
No escribo estas palabras para pedir compasión ni para convencer a nadie de que fui un padre perfecto. Las escribo porque tengo derecho a defender mi nombre, mi historia y mi lugar como padre.
No pretendo ganar una discusión pública. Quiero conservar la esperanza de que algún día podamos hablar de todo esto en la intimidad, sin intermediarios, sin cámaras y sin que nadie necesite hablar por nosotros.
Por encima de cualquier acusación, de cualquier conflicto y de cualquier diferencia, hay algo que nunca cambió: soy el papá de mis hijos. Los amo profundamente. Los amé desde el primer día y los voy a amar siempre.
Dario Giordano"