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20/09/2016 - 18:49

Crítica

Una mirada sobre El Bululú, el unipersonal de Osqui Guzmán

Osqui Guzmán en El Bululú

Una obra que deja al espectador tendido en las manos de un actor que desliza en su labor la mentira mejor contada.

Antes que nada, usted debe saber que si va a ver El Bululú entregará sus emociones a las manos morenas de Osqui Guzmán. En su poder dejará el reír a borbotones, y el llorar hasta la vergüenza.

Porque el tipo, en el escenario despliega el encanto de los bailarines, y la acrobacia de, claro, los acróbatas. Más bien redefiniría la comparación con la sutileza felina que al cazar al mísero ratón plantea un silencio previo imposible de describir. Eso, de esa acrobacia hablo.

Osqui pinta cuadros con su voz. Pincelada tras pincelada resume el abanico de personajes que se van sucediendo en el imaginario del público. Un desopilante heredero de padres bolivianos costureros que por error cae como peludo de regalo en una escuela de artes escénicas. Un chico humilde que camina porque la plata no le alcanza, y que de tanto caminar descubre los ribetes, los hilos de cada personaje.

Entre muecas que hacen a veces de máquinas de coser, sonidos y luces que acompañan, la vestimenta del fulano en acción es justa y necesaria en cada uno de los actos. La destreza de los músculos seguidos de voces que anticipan las figuras venideras. Guzmán transmuta de un personaje a otro, como la oruga a la mariposa. De pronto es un humilde costurero, de golpe un excéntrico playboy, de repente un viejo mañoso, y al mismo momento dos habladores compulsivos a la vez.

Es surrealista imaginar que en un mismo instante el actor promueva sujetos tan disimiles que la cara se le transforme a punto tal de no saber si es el mismo Guzmán el que está interpretándolos, o si existe un gemelo escondido por ahí, que de a ratos lo suplanta.

No sé si la iluminación ayudaba, o si la cara del viejo –la cara de Osqui–, se desfiguraba por el éxtasis del personaje. Pero era otro. Tan distinto que costaba entregarse a la risa, perdón, a la carcajada, al grito más camionero de “¡Este tipo hace lo que quiere!”. Al final, el llanto. La lagrimita. Esa aguja de salitre que se escapa del ojo, que da pudor, que el de al lado no te vea, a menos que también la esté largando.

El Bululú, repleto de textos españoles en verso, memorizados con extrema exactitud por Guzmán, es un unipersonal completo, integrado por la música, las acrobacias, los ritmos, las luces, las sombras, y una escenografía basada en una maleta, una especie de cajón peruano. Un traje dorado, de esos que se usan en las fiestas norteñas, de diablo, plagado de canutillos, da comienzo y final a un recorrido excéntrico que dejará al espectador tendido en las manos de un actor que desliza en sus manos la mentira mejor contada.

Nuevos horarios para El Bululú. Antología endiablada: Viernes 21 y 22,30 hs. en Teatro Timbre 4 (Mexico 3554)

Por @LaPita14

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