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09/09/2017 - 10:00

Entrevista

Mikhail Baryshnikov: “Quiero que me recuerden como un artista que nunca aburrió”

El gran bailarín se presenta en la Argentina con un espectáculo sobre los diarios de Nijinsky, donde el artista relata su esquizofrenia.

Por Analía Melgar | El gran bailarín se presenta en la Argentina con un espectáculo sobre los diarios de Nijinsky, donde el artista relata su esquizofrenia. Reconoce a Estados Unidos como su hogar pero califica a Trump como un artista de la mentira y el miedo.

Los programas que, en los últimos veinte años, trajeron de gira por la Argentina a Mikhail Baryshnikov –el bailarín ruso radicado en Estados Unidos y considerado uno de los mejores, si no el mejor, del mundo– son prueba elocuente de que se trata de un artista que, más allá de haber surgido y desarrollado la tradición de la danza clásica, no cesa en su búsqueda de innovación contemporánea. En 1998, en el Teatro Colón, bailó HeartBeat, una idea de Christopher Janney y Sara Rudner: con un dispositivo electrónico en su cabeza y corazón, dejaba oír al público sus propios latidos, sonido sobre el cual él improvisaba. En 2010, se presentó junto a Ana Laguna, en Tres dúos y un solo, con coreografías de Alexei Ratmansky, Benjamin Millepied y Mats Ek: allí demostraba toda la expresividad que dos cuerpos maduros, exquisitamente entrenados y experimentados, podían brindar en una propuesta netamente de danza. En 2014, vino con The Old Woman, proyecto de corte teatral del director Robert “Bob” Wilson, en el que Misha compartía escenario con el actor Willem Dafoe. Y ahora regresa con Letter to a Man, otra creación de Wilson, en torno a la figura de Vaslav Nijinsky (ver recuadro). Sobre esto y más, conversó con PERFIL.

—¿Qué actuaciones, de su extensa y diversa trayectoria, el público le recuerda más, le menciona con más admiración?
—Supongo que ha habido muchas, pero en este momento, ésta está en la parte superior de la lista.

—¿Cuándo le resultó difícil tener que estar en un escenario y actuar?
—Cuando estoy enfermo o lesionado, estar en el escenario no es divertido. Implica mucha responsabilidad, y cuando la energía no está ahí, es muy difícil. Realmente duro.

—¿A quiénes considera como sus grandes maestros?
—Ha habido tantos… cada persona con la que he trabajado en el teatro me ha ayudado a dar un paso más en lo desconocido. Es imposible hacer una lista, pero mientras yo siga aprendiendo, esa lista crecerá.

—¿Qué le hizo pensar en vivir en Estados Unidos?
—Nunca imaginé que viviría en ningún otro lugar. Es mi casa y la casa de mi familia, pero… ahora presenta desafíos emocionales. Todo el mundo se enfrenta a ellos, sin importar en qué campo político se encuentre. Su país ha pasado por tiempos políticos difíciles, así que creo que podrá entender cuando se siente como si uno estuviera en un tren del que no puede salir. Pero estoy allí para quedarme y esperar (y trabajar) para que todo mejore.

—Su carrera está llena de récords y eventos prestigiosos. En ese marco, ¿cómo recuerda su participación en “Sex and the City”?
—Sex and the City fue un desafío diferente. Me sentí muy honrado de estar en compañía de esas mujeres increíbles. Incluso cuando pienso que un material es bastante ligero, me entrego ciento por ciento a cada proyecto. Esa fue una experiencia de aprendizaje encantadora. ¡Y me divertí mucho también! Espero que la gente me recuerde en mis trabajos como un artista del que pueda decir: “Nunca fue aburrido”.

—En la vida pública que se le conoce, hay fama, respeto, reconocimiento, cariño. Sin embargo, a menudo demuestra que todo ello no lo satisface. ¿Qué lo hace feliz?
—Eso es difícil de responder, pero creo que cuando me emociono al despertarme para otro día de trabajo, eso me mantiene feliz. Cuando dejo de sentirme desafiado, cuando dejo de tener un poco de miedo al fracaso, creo que eso es el final.

—Donald Trump, presidente de Estados Unidos… ¿tendrá alguna afinidad artística?
—Creo que ha dominado definitivamente el arte de mentir, engañar e intimidar. Si tiene interés en otras artes, no he visto evidencia de ello. Nijinsky, clown de Dios

Desde el 7 al 17 de septiembre, en el Teatro Coliseo, Letter to a Man –que se había estrenado en 2015 en el Festival de Dos Mundos, de Spoleto, Italia– brindará diez funciones. Este unipersonal está basado en los diarios que escribió Vaslav Nijinsky, en su internación por esquizofrenia en 1919, trastorno que sufrió hasta su muerte. El bailarín ruso, ícono de perfección técnica y atrevimiento creativo, vivió una relación profesional y amorosa con el empresario Sergei Diaghilev.

Pero la obra de Barishnikov y Wilson se aleja del biografismo. Por eso, durante la conferencia de prensa del martes, el intérprete dijo: “Lo que presentaremos no es un obra sobre su vida. El diario fue escrito en seis semanas por una persona que cae en la locura. Es el recuerdo de un hombre perturbado. Con Bob hicimos una especie de collage en donde aparece su relación con Dios, con el pacifismo, con la creación artística”.

Tampoco pretende encuadrarse en la danza, por lo que agregó: “Este trabajo no es de danza, en realidad. No voy a bailar. Algo tiene de danza, pero tiene muchas cosas que no son de danza. No es más que el documento de un hombre perturbado que cayó en la oscuridad de la locura”.

En la entrevista con PERFIL, había aportado más detalles:

—¿Qué estrategias se aplicaron para ir de un texto a un espectáculo escénico?
—El dramaturgo Daryl Pinckney escribió una propuesta de su interpretación del diario, y Bob y yo trabajamos a partir de eso. Juntos desarrollamos el movimiento, y Lucinda Childs agregó una voz femenina. Hal Wilner creó el collage musical que sostiene la pieza –un toque mágico, en mi opinión–. Y, por supuesto, Bob tiene muchos asistentes, que llevaron sus ideas y fantasías a la realidad.

—¿Por qué lleva su rostro pintado de blanco?
—Cuando la gente le pregunta a Bob sobre eso, dice, con una mueca divertida: “Puedo verlo mejor”. Eso es medio una broma. La razón, en mi opinión, es que Bob siempre rechaza el teatro psicológico, y la cara blanca crea una distancia entre el actor y el material. El quiere que el público, en la obra, encuentre la emoción, y no a los actores.