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31/10/2010 - 12:15

De Pasillo

Taibo y Araceli: “La televisión tiene mucha violencia”

Es la primera vez que trabajan juntos, se están conociendo. Tanto Araceli González como Raúl Taibo confiesan su alegría al compartir este proyecto teatral: serán los protagonistas de Cuando Harry conoció a Sally. La versión y dirección la firma Manuel González Gil y estrenarán en la segunda quincena de diciembre en el Provincial de Mar del Plata. No estarán solos, se suman ya confirmados al elenco: Graciela Pal y Roberto Catarineu.

Cuando se les pregunta si la traerán después a Buenos Aires, la primera en contestar es ella: “Mejor es proyectar a corto plazo”, asegura. ¿Habrá escenas fuertes? Responde Taibo con otra pregunta: “¿Fuerte? ¿Comparado con qué?”.

—¿Por qué eligieron volver al escenario con una comedia romántica?

GONZALEZ: Siempre hay un cuestionamiento con respecto al género, se lo toma como menor. En mi caso, siempre me resulta un desafío mayor hacer reír a la gente que asustarla. Para mí sería más sencillo encarnar a una victimaria, como lo que hice en Mujeres asesinas.

TAIBO: Me gusta reírme, hacer reír, y tengo afinidad con el género, hasta elijo verlo interpretado por otros colegas. Pero es cierto que el 95% de lo que hice en teatro fueron comedidas. Creo que la gente siempre anda en pos del amor y en la búsqueda de la sonrisa, que además es sanadora.

—¿Qué miedos tienen?

G: Temo olvidarme la letra y quiero ver cómo encarno el personaje. Una vez me olvidé el texto y fue María Leal (en Monólogos de la vagina) la que salió a ayudarme. Hay mucha generosidad en los elencos, aunque la gente no lo sepa. Pero este momento –el de los ensayos– lo padezco como una pesadilla, es lo que más sufro. Luego disfruto enormemente las funciones, porque hay un antes y un después del estreno.

T: Lo más difícil es encontrar el personaje. Vivo pensando en cómo lo voy a encarar. Pero coincido, uno de los miedos más frecuentes es olvidarse la letra. Alguna vez tuve lagunas y siempre un compañero me ayudó a salir del paso, aunque también se descubre que hay recursos dentro de uno mismo.

—¿Y la prueba de fuego?

G: Luchar contra los prejuicios. Hay actores que ya están instalados, están allí, aunque a veces tampoco les perdonan que se corran un poco. Es el caso de un intérprete que decide hacer una comedia musical… ya lo miran diferente, y sabemos de quién hablo. Pero en mi caso, que vengo de otro palo y encima no lo hago mal… Siempre estoy dando examen. Si no hubiera estado mi hermano en la producción de Mujeres asesinas a mí no me hubieran llamado. Por eso prefiero hacer casting.

—¿Sufrieron prejuicios: ser la mujer del productor o el hijo de la actriz?

G: (Risas) Por suerte, abandoné esa pesada mochila, ya me aliviané un montón. Fue difícil. Creo que el prejuicio mata a muchos actores. Hasta a mi hija (Florencia) le costó decir que quería seguir esta profesión.

T: Ser el hijo “de” no fue nada fácil, sobre todo cuando empecé a trabajar en las tiras. El ser considerado galán también fue muy duro, nunca la crítica te considera como actor. También se ejerce el prejuicio sobre uno mismo, poniéndote en cuestionamiento todo el tiempo.

—¿Cuáles son los límites en la profesión?

T: Los medios quisieran que no hubiese ningún límite. Es uno el que lo debe poner. El actor está expuesto, pero siempre tenemos un marco en nuestro trabajo, que sería el programa o el personaje. Hoy son todos realities: ¿cómo podemos superar a esa gente que se cree el personaje que se inventó todo el día y todos los días?

G: Estoy asombrada de hasta qué punto tanta gente se expone a perder los límites. Quedan al descubierto todo el tiempo. El lunes llegué de ensayar y me encontré a mi hijo Toto (Tomás Suar) pálido, y me dijo que había apagado el televisor. Me explicó la escena y me pareció mentira. El, con sus doce años hacía zapping, se encontró con el strip dance de Silvina Escudero y quedó impactado. Es un canal abierto y tardó bastante tiempo en reaccionar. Con mucho pudor, me contó cómo había sido la escena que había visto. Me resultó muy fuerte, y no soy una puritana. Hice desnudos en televisión, pero era ficción. Hoy hay mucha gente que se expone, por eso los actores pasamos a segundo plano.

—¿Por qué el éxito de “Malparida”, siendo una propuesta donde impera el crimen?

T: Es muy raro, pero creo que por lo mismo que estamos educados, por eso la gente ve noticieros cada vez más siniestros. Todos estamos enganchados con noticias que no son buenas y la gente compra los diarios. Estamos educados en un medio violento, aunque deberíamos preguntárselo a un sociólogo, más allá de la particularidad y novedad de que la protagonista/heroína sea la asesina.

G: Hoy la televisión tiene mucha violencia. Se ven todos los hilos, el que llora de verdad, el que miente… Los otros días me dormí feliz después de ver la vida de Carlitos Balá… fue un programa maravilloso. Con tanto horror y violencia, para qué van a hacer ficción si ésta existe sin libretos. Antes se agradecía lo que una había aprendido, hoy agradecen cómo se autodestruyen. En mi época, cuando hacía novelas, sólo actuábamos. Se buscaba que la ficción gustara y si había otros objetivos estaban más camuflados. Hoy están muy expuestos. Pero el teatro nos salva. ¿Dónde van a ver a los actores? En el escenario, es el lugar que ahora una debe elegir.

—¿Se desvalorizó el lugar del actor?

T: Creo que es un tema de espacio, cada vez hay menos lugar para la ficción en la televisión, mientras que se expandió en el teatro. Cuando empecé a trabajar, había cuatro canales que producían ficciones, pero siempre hubo gente que no sabía nada. Los actores éramos más los protagonistas, hoy es de los productores. Antes el proyecto estaba en manos del guionista, el director y el elenco, ahora el dueño de todo es el productor. Cambiaron las reglas de juego y todo se achicó.

G: Hace cuatro años que no estoy en televisión, por lo cual no estoy tan actualizada. Pero había contratos anuales, con figuras que pasaban a ser del canal, con una cierta exclusividad.

—¿Cuáles sienten que fueron sus maestros?

T: Alejandro Doria, Diana Alvarez, Agustín Alezzo, Sergio de Cecco, Nelly Fernández Tiscornia, Alberto Migré y Abel Santa Cruz. Todos ellos guiaban. No tengo escuela, no hice una carrera universitaria, pero por suerte en la misma profesión me encontré con maestros como Miguel Angel Solá y Susana Torres Molina. Buscando nombres más cercanos, podría citar a Sebastián Pivotto y Jorge Bechara.

G: Aprendo en el set con el director y con el personaje. A mí me da mucha seguridad cuando me dirigen, sea Jorge Nisco o Daniel Barone. Son cero prejuicios, te guían y te exigen. Para mí en el teatro Las sirenas cantarán fue una experiencia muy fuerte, con Rodolfo Bebán, director y compañero de elenco. Mi última experiencia fue maravillosa. Filmé Sutiles diferencias para la Fundación Huésped, con Alberto Lecchi, quien ensaya antes de poner cámaras.

Diario Perfil

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